El 1 de mayo de 2009 celebramos el 5º Aniversario de lo que se ha dado en llamar la ‘Gran Ampliación’ de la Unión Europea, un hecho histórico no sólo por el número de países -Chipre, República Checa, Estonia, Letonia, Lituania, Hungría, Malta, Polonia, Eslovaquia y Eslovenia- que entraron a formar parte del proyecto comunitario, sino por su simbología tras varias décadas de Guerra Fría. Pero, ¿qué ha cambiado en estos cinco años? ¿Cómo ha afectado la llegada de nuevos Estados miembros a las instituciones? ¿Y a los países que ya formaban parte de la UE? Analizamos la importancia de este proceso, así como sus consecuencias para los antiguos miembros y para aquellos que ahora son nuestros nuevos vecinos.
El 25 de marzo de 1957, seis países de la Unión Europea –Alemania, Francia, Bélgica, Luxemburgo, Holanda e Italia– sellaban con su firma el documento que sentaría las bases de la Comunidad Económica Europea en Roma. Pero, más que las aspiraciones de crear un espacio económico común, pesaba el ansia por forjar una Europa nueva, que debía renacer de sus cenizas y aprender del pasado para que capítulos como la Segunda Guerra Mundial no volvieran a repetirse.
Por primera vez, un grupo de países decidía libremente ceder parte de su soberanía a favor de una organización supranacional que debía instaurar la paz y la seguridad en el continente, superando incluso posiciones antagónicas como las que habían enfrentado durante siglos a Francia y Alemania.
Cincuenta años más tarde, esa iniciativa ha superado todas las expectativas de éxito y hoy son ya más de 27 los países que la integran y 500 millones los ciudadanos que la conforman. Y aunque la integración de nuevos miembros formaba parte del plan desde los orígenes del proyecto comunitario, nadie hubiera podido pensar hace 50 años que los antiguos países del área de influencia soviética, aquellos situados del otro lado del ‘telón de acero’, formarían hoy parte de la Unión Europea.
Por esa razón –y también por el vasto número de Estados que abrazaron el proyecto europeo–, la adhesión que tenía lugar el 1 de mayo de 2004 sería calificada de ‘histórica’ frente a otras integraciones que habían pasado desapercibidas. Cinco años después, y dos con nuevos miembros desde el 1 de enero de 2007 –Rumanía y Bulgaria–, la UE hace balance de lo que ha supuesto realmente, tanto para las instituciones, como para los nuevos y antiguos miembros, está unión entre iguales.
Paz y prosperidad para Europa, aunque persisten los desequilibrios
Un informe hecho publico por la Comisión Europea en el que se hace balance de este lustro tacha la expansión de la Unión Europea hacia el Este de ‘éxito rotundo’ por haber logrado cumplir con el objetivo de garantizar la paz y la prosperidad en el continente. En el caso de los nuevos Estados miembros, el estudio reconoce que su pertenencia al proyecto comunitario les ha ayudado a construir y consolidar sistemas democráticos tras años de sumisión a un régimen comunista, al tiempo que les ha permitido reorientar sus economías hacia un sistema de mercado, mejorando la calidad de vida de sus ciudadanos.
Su llegada ha supuesto para el conjunto de la Unión Europea un ‘soplo de aire fresco’, y ha reforzado y enriquecido culturalmente la vieja Europa. Pero además, asegura el informe, la ‘Gran Ampliación’ permitirá a la UE mejorar su competitividad para hacer frente a los retos de la globalización. Por no hablar de la influencia de las instituciones europeas en los grandes foros internacionales y su legitimidad para decidir sobre temas de gran calado como la lucha contra el cambio climático o la búsqueda de soluciones a la crisis financiera internacional.
Las ventajas para los antiguos miembros también han sido numerosas. Así, a la diversidad social, cultural y lingüística que hoy atesora Europa, hay que unir numerosas oportunidades de negocio en los países del antiguo bloque del Este: aquellos inversores con vocación exportadora que se han atrevido a emigrar a los nuevos países miembros, han contribuido a generar empleo y prosperidad, al tiempo que lograban unos beneficios que superaban todas sus expectativas en unos mercados en plena expansión.
Sin embargo, no hay que perder de vista las diferencias que aún persisten entre los antiguos miembros de la UE y los recién llegados. La crisis financiera ha sacado a la luz las diferencias que aún persisten entre ambos bandos: mientras los países de la Eurozona, aunque igualmente golpeados por la crisis, han podido capear el temporal –con sonadas excepciones como en el caso de España por la crisis inmobiliaria subyacente–, los nuevos integrantes de la UE luchan como pueden por mantenerse a flote, debiendo hacer frente a mayores ajustes para superar la recesión.
No obstante, la interiorización de un sentimiento europeista entre los nuevos miembros ha sido constante –y eso a pesar de algunos rasgos de euroescepticismo, como la escasa participación registrada en estos estados durante las últimas elecciones europeas–: según los últimos datos disponibles, el grado de satisfacción de pertenencia a la UE se reparte por igual entre antiguos y nuevos miembros, siendo los más satisfechos Holanda, Luxemburgo, Polonia, Eslovaquia o Estonia y, los menos, Letonia, Hungría, Reino Unido, Austria y Chipre.
El caso de las instituciones
Por su parte, las instituciones han vivido el proceso divididas entre el entusiasmo por superar el reto y la dificultad que entraña una situación de extrema complejidad como la adhesión de 10 nuevos países. En 1993, en el Consejo Europeo de Copenhague, se fijan los criterios de adhesión –estabilidad institucional y democracia plena, economía de mercado competitiva y capacidad de asumir la legislación comunitaria– y se reconoce que este proceso afecta tanto a los nuevos socios como a la organización preexistente.
La necesidad de ‘adaptación’ a la nueva situación, incluso en el desarrollo cotidiano de las instituciones, urgía: de pronto, el proceso de toma de decisiones se complica –sobre todo a la hora de lograr consensos y compromisos–, las reuniones del Consejo Europeo precisan de más tiempo para escuchar a todas las partes, el Parlamento Europeo aumenta el número de diputados, la Comisión Europea incrementa el número de Direcciones Generales al total de comisarios –uno por país miembro–, etc. Por no hablar de la complejidad lingüística que suscita deber trabajar con 20 lenguas oficiales a la hora de traducir documentos o garantizar la interpretación durante una rueda de prensa.
Para superar estas dificultades, la Unión Europea ha llevado a cabo un proceso largo y riguroso de reforma institucional que arrancó en 2001 con el aún vigente Tratado de Niza –acuerdo de mínimos–, prosiguió en diciembre de ese mismo año con el Consejo Europeo de Laeken -en el que se reconocía la necesidad de asumir una reforma más profunda que abarcara nuevos ámbitos además del institucional, y desembocó –tras la Convención para debatir el Futuro de Europa y el proyecto de Constitución– en el Tratado de Lisboa, que debería entrar en vigor a lo largo de este año o principios de 2010.
Hacia una nueva ampliación
¿Hacia dónde se encamina Europa? Pues es innegable que sigue habiendo candidatos llamando a las puertas de la Unión Europea. Recientemente Islandia –país que se ha mantenido neutral durante largos años– ha manifestado su deseo de ingresar en la UE. También ha solicitado adherirse Albania, y se espera que los estados que integraron la antigua Yugoslavia –Bosnia- Herzegovina, Serbia, Kosovo y Montenegro– también se pronuncien en este sentido.
En la actualidad han sido admitidos como candidatos Croacia, Macedonia y Turquía, cuya adhesión llevaría las fronteras de Europa hasta Asia. Comienza para ellos ahora un periodo largo de negociaciones que versará, sobre todo, en la aceptación y aplicación de la legislación comunitaria por parte de los candidatos, además de su cumplimiento de los criterios anteriormente citados.
A la espera de nuevas adhesiones, Europa seguirá luchando por mantener vivo el espíritu primigenio de los Padres Fundadores: consolidar la paz y la igualdad entre vencedores y vencidos de una guerra que nunca más debería repetirse en nuestro viejo continente.
Más información:
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